miércoles, 11 de mayo de 2011

Un sábado como cualquier otro

Así fue, tomé la bici y charrasqueando las velocidades llegué a la inmobiliaria solo para encontarme con la negativa prepotente del vigilante, que con la seña del dedito acusador me negaba la entrada, la causa: —No puede dejar la bicicleta en recepción.
Le rogué, le dije que solo eran unos minutos, su pinche y derecho dedo seguía dándome negativas.
Encadené la bici a la incertidumbre y 10 mins depués ya estaba de regreso sobre av. Reformacon el recibo de pago y escuchando mientras pedaleaba a la matraca que tenía como cambios.
Mientras cruzaba glorietas, hacía cálculos en mis ahorros y decidí cambiarle el chisme a mi cuasi velocípedo. A las dos de la tarde tenía mi reluciente corsel mecánico con los cambios y pedales nuevos. Volví a dar el rol.

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